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Gades director de compañía

Antonio Gades director
En mi primera compañía, en el año 1963, éramos cinco, y en la última que formé, treinta y seis.

Mi primera compañía se componía de dos bailarines, una bailarina, un guitarrista, un cantaor e hicimos nuestro debut en Barcelona donde tuve un gran éxito en un tablao flamenco que se llamaba Los Tarantos. Treinta años más tarde, en 1994, estrenaba Fuenteovejuna en Génova con una compañía de treinta y seis personas.

Y todo lo consiguió sin ayuda oficial de ningún tipo. Gades estuvo siempre orgulloso de no haber recibido nunca subvención alguna. La subvención siempre ha partido de nuestro propio esfuerzo, viviendo intensamente y con dignidad. Valoró el sentido de la libertad, y lo caro que cuesta ser libre, pero esa libertad fue la que permitió a su compañía bailar lo que querían, con quien querían, y donde querían.

Gades estaba convencido de que no han de ser los artistas los que deban preocuparse de aquello que hace un ministerio de cultura, sino que debe ser competencia del político diferenciar quien hace cultura y quien no. Son ellos los que deben estar atentos a las realidades artísticas para tomar medidas.

Antonio, el director de compañía, tenía un aparente mal genio, pero es que cuando trabajaba era muy duro, pero también lo era consigo mismo. Era su forma de trabajar. Sí, es verdad que me enfurezco, pero cuando yo exijo, exijo porque sé que lo pueden dar. Si no, que dejen el puesto a otro. Hay que darlo todo. No se puede ir a la batalla y pasar el tiempo escondido entre los árboles. Sabía que si el trabajo está hecho con dignidad y honestidad y tiene categoría, lo capta cualquier público.

Una de las razones por las que la compañía de Gades tuvo siempre tanto éxito, era en opinión de Antonio a que era un grupo humanizado donde todos tienen derecho a bailar. Iba en contra de la opinión generalizada de que para bailar todo el mundo tiene que ser joven, guapo, alto y esbelto. La danza es exprimir un sentimiento a través de un movimiento y lo puede hacer cualquiera. Pensaba que era más importante comprender por qué se baila una danza determinada, que el saber cómo se bailaba.

El baile de Gades y su compañía es una cosa vital, perteneciente al pueblo, es la danza de una cultura. Todos lo miembros son seres que sienten y que interpretan a través de la danza el estado anímico, no es una danza fría.

Para Antonio una bailaora, un guitarrista o un cantaor son personas que tienen una sensibilidad que no solamente usan para cantar, bailar o tocar. Todos los componentes de las compañías de Gades son personas normales, no tienen porque ser guapos y esbeltos, ya que eso ayuda a acercar el espectáculo al público, humanizando el arte. A los bailarines yo no los elijo porque bailen mejor, sino porque son creíbles.

Aunque quizás la máxima que siempre siguió al pié de la letra fue la del compromiso con el trabajo. Me suelo poner muy bravo con las personas que hacen menos de lo que pueden hacer. Pero quede claro que impongo una disciplina, no una dictadura.

Su forma de trabajar se basaba también a no quiero cansar a los bailaores antes de las funciones. Cuando ensayamos, les pido que no pongan ninguna carga interior, porque esa la necesito durante la representación, en el escenario.

A todos los componentes de sus compañías los hizo sentir como células de un mismo cuerpo en el que cada uno tiene un determinado cometido y del que nadie se puede salir. Esto es como una máquina, si falla una pieza, deja de funcionar todo.

Estaba orgulloso de que en su grupo no hubiera divos, sino trabajadores. Y si nuestro trabajo provoca emoción, conseguimos el arte. Pero a la salida de los teatros nos tomamos una copa, nadie habla del trabajo de esa noche. Al evadirse del trabajo se logra que el arte no sea una cosa enfermiza.

El trabajador incansable que fue Antonio Gades, y su férrea disciplina para con sus compañeros se resumen muy bien en unas palabras que se le escucharon en más de una ocasión: En nuestro estudio nunca hubo fotos colgadas de nuestras noches triunfales, solo un ochenta por ciento de sudor y un veinte por ciento de lágrimas contenidas, así de dura es la creación.